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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

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sábado, 13 de enero de 2018

CABALLEROS TEMPLARIOS, PROTECTORES DE LOS PEREGRINOS


Por G.B. D. Agustín Alcázar Segura (R).

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, también llamada Orden del Temple y cuyos miembros son más comúnmente conocidos como caballeros templarios, fue fundada en 1118, tras la Iª Cruzada, por nueve caballeros franceses liderados por Hugo de Payns.

Tras la muerte de Godofredo de Bouillon, primer rey de Jerusalén, y elegido su hermano Balduino I como nuevo monarca, éste vio la necesidad de proteger los caminos y a los peregrinos, encomendándole esta misión a Hugo de Payns, concediéndole como alojamiento su propio palacio, ubicado a la sazón en el interior de lo que en su día había sido el recinto del Templo de Salomón, de donde les vino el nombre de Templarios.

La orden fue reconocida por el patriarca latino de Jerusalén Garmond de Picquigny, quien les impuso como regla la de los canónigos agustinos del Santo Sepulcro.

Once años después de su creación, en 1129, se reunió el llamado Concilio de Troyes[1], que se encargaría de redactar la regla para la recién nacida Orden del Temple. Sus miembros empleaban como distintivo un manto blanco con una cruz patada[2] roja dibujada en él.

Después de recibir la regla básica, cinco de los nueve integrantes de la orden viajaron, encabezados por Hugo de Payens, por Francia primero y por el resto de Europa después, con el objeto de recoger donaciones y alistar caballeros en sus filas. Se dirigieron inicialmente a los lugares de los que provenían, con la certeza de que serían aceptados y asegurándose cuantiosas donaciones. En este periplo consiguieron reclutar en poco tiempo una cifra cercana a los trescientos caballeros.

Los privilegios de la orden fueron confirmados por distintas bulas emitidas en 1139, 1144 y 1145, mediante las cuales se daba a los caballeros templarios una autonomía formal y real respecto de los obispos y se los dejaba sujetos tan solo a la autoridad papal. Asimismo, se les excluía de la jurisdicción civil y eclesiástica, se les permitía tener sus propios capellanes y sacerdotes pertenecientes a la orden y se les otorgó el poder de recaudar bienes y dinero de variadas formas. Además, estas bulas les daban derecho sobre las conquistas en Tierra Santa y les concedían atribuciones para construir fortalezas e iglesias propias, lo que les proporcionó gran independencia y poder.

Militarmente, sus miembros se encontraban entre las unidades mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas, y según sus funciones y procedencias se clasificaban en: caballeros, de origen noble, cuya misión era guerrear; sirvientes o escuderos, de origen social más humilde, dedicados al cuidado de peregrinos y enfermos; y clérigos, que actuaban como capellanes.

Su número aumentó de manera significativa tanto en número como en poder[3], de modo que hacia 1170, los caballeros de la Orden del Templo se extendían ya por tierras de las actuales naciones de Francia, Alemania, Reino Unido, España y Portugal. Esta extensión territorial contribuyó al enorme incremento de su riqueza, sin que ninguna otra pudiera igualarles en todos los reinos de Europa.

Los templarios tuvieron una destacada participación en la IIª Cruzada, durante la cual protegieron al rey Luis VII de Francia tras las derrotas que este sufrió frente a los turcos. Sin embargo, su decadencia en Palestina comenzó en la IIIª Cruzada, cuando Saladino derrotó al ejército cruzado en la batalla de los Cuernos de Hattin (4 de julio de 1187), al oeste del mar de Galilea. El ejército cruzado estaba formado principalmente por contingentes templarios y hospitalarios a las órdenes de Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, y de Reinaldo de Chatillon. En la batalla cayó prisionero el gran maestre de los templarios Gérard de Ridefort y perecieron muchos miembros de ambas órdenes. Saladino entró victorioso en Jerusalén, terminando así con el reino que había fundado Godofredo de Bouillón. Sin embargo, las gestiones del rey de Inglaterra  Ricardo Corazón de León lograron un acuerdo con Saladino para convertir Jerusalén en una especie de ciudad libre para el peregrinaje.

Durante los años sucesivos, los templarios continuaron su precaria presencia en Tierra Santa, hasta que se vieron obligados a trasladar su cuartel general a San Juan de Acre; pero en 1291, durante la VIIIª Cruzada tuvieron que evacuarla, poniendo fin a su presencia en aquellas tierras.

Implantación de los Templarios en la Corona de Aragón.

En 1134, Alfonso I de Aragón, en su testamento, cedió su reino a los templarios, junto a otras órdenes, como los Hospitalarios o la del Santo Sepulcro.
Como hemos expuesto anteriormente, este testamento no fue aceptado por los nobles aragoneses, y tras unos años de negociaciones, renunciaron a sus derechos a favor de Ramón Berenguer IV, convertido en rey de Aragón por su matrimonio con Petronila, hija del hermano del fallecido Alfonso I, Ramiro II el “Monje”.

En la Concordia de Gerona (1143), Ramón Berenguer IV, llegó a un acuerdo con los templarios por el que, a cambio de colaborar con la corona en la lucha contra los musulmanes, recibirían los castillos de Monzón (Huesca, donde establecieron su residencia principal), Mongay, Chalamera, Barberá, Remolins y Corbins.

En 1148, por su colaboración en las conquistas del sur del Patrimonio del Casal de Aragón, los templarios recibieron tierras en Tortosa y en Lérida. Tras una resistencia musulmana que se prolongaría hasta 1153, cayeron en poder de la Corona las últimas plazas de la región, recibiendo los templarios Miravet (Tarragona), a orillas del Ebro.

A la muerte de Pedro II en la batalla de Muret, el 12 de septiembre de 1213, heredó el reino su único hijo, Jaime I (1213-1276), de cinco años de edad, el cual estaba en aquellos momentos en poder del vencedor Simón de Montfort.

Ante la negativa de éste a entregar a su pupilo, del que quería hacer su yerno, el maestre del Temple con los principales señores aragoneses y catalanes se presentaron al pontífice Inocencio III solicitando que les fuese devuelto el niño-rey (enero de 1214), viéndose obligado a confiárselo al legado pontificio Pedro de Benevento[4].

En agosto de ese mismo año, las cortes de Lérida nombraron procurador general del reino al infante don Sancho, hermano de su abuelo Alfonso II; así mismo, se designaron gobernadores de Aragón y Cataluña y se encargó de la crianza de don Jaime a Guillén de Montredón, maestre del Temple, el cual dispuso para su residencia el castillo de Monzón.

Jaime I el “Conquistador” contó con el apoyo templario para la conquista de Mallorca (donde recibirían un tercio de la ciudad, así como otras concesiones en ella), y la ciudad de Valencia (donde de nuevo recibieron un tercio de la ciudad).
Los templarios se mantuvieron fieles al rey Pedro III, permaneciendo a su lado durante la excomunión que sufrió a raíz de su lucha contra los angevinos (pertenecientes a la Casa de Anjou) de Francia en Italia.

Implantación de los Templarios en la Corona de Castilla
Los templarios ayudaron a la repoblación de zonas conquistadas por Castilla, creando asentamientos en los que edificaban ermitas bajo la advocación de mártires cristianos, como es el caso de Hervás (Cáceres).

Ante la invasión almohade, los templarios lucharon en el ejército cristiano, venciendo junto a los ejércitos liderados por Alfonso VIII en la batalla de las Navas de Tolosa (16 de julio de 1212).

En 1265, colaboraron en la conquista de Murcia, que se había levantado en armas, recibiendo en recompensa Jerez de los Caballeros y Fregenal de la Sierra, en Badajoz, así como el castillo de Murcia y Caravaca (Murcia).

Implantación de los Templarios en el reino de Portugal

Los templarios entran en Portugal en tiempos de la condesa Teresa de León[5], de la que recibieron el castillo de Soure en 1127. Un año después recibieron Castelo de Soure a cambio de su colaboración en la lucha contra los musulmanes. En 1145 recibieron Castelo de Longroiva por su ayuda a Alfonso Henriques en la toma de Santarem. En 1147 reciben el castillo de Cera, cerca de Tomar, que se convertiría en su sede regional. Los templarios serían una orden bien asentada en Portugal.

A la bula papal ordenando la disolución, los reyes portugueses cambiaron el nombre de la orden en Portugal por el de Orden de Cristo, aunque con sustanciales diferencias respecto a la Orden del Templo original, sobre todo en cuanto a regla, votos y forma de elección de los carg

El final de la Orden

No es nuestro propósito relatar aquí todas las circunstancias y vicisitudes que llevaron al final de esta Orden; tan solo diremos que los que con más fuerza provocaron su muerte fueron el rey de Francia, Felipe IV el “Hermoso”, el Papa Clemente V y la Orden de los Dominicos. Con respecto al primero, la eliminación de la Orden suponía la desaparición de la exención jurisdiccional de una organización tan poderosa económicamente, que humillaba a un soberano lleno de deudas.

En el Concilio de Vienne (16 de octubre de 1311 a 3 de abril de 1312), el Papa anunció la supresión de la Orden del Temple. Por la bula Ad Providam, de 2 de mayo siguiente, Clemente V otorgó los bienes de la extinta Orden a los caballeros de San Juan de Jerusalén, es decir a los hospitalarios.

En la Península Ibérica, los bienes de la Orden pasaron a las coronas de Aragón, Castilla y Portugal así como a los Hospitalarios. Tanto en Aragón como en Castilla surgieron varias órdenes militares que tomaron el relevo a la disuelta, como la orden de Alcántara, Santiago, Calatrava o Montesa, a las que se concedió la custodia de los bienes requisados.
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[1] Las modificaciones principales vinieron del hecho de que hasta ese momento los templarios estaban viviendo bajo la regla de San Agustín, siendo sustituida en este concilio por la Cisterciense (la de San Benito, pero modificada) y que profesaba San Bernardo. Los caballeros hacían votos de castidad, pobreza y obediencia. No podían rehusar el combate aunque el enemigo fuera tres veces superior y si caían prisioneros no podían ser rescatados por dinero, lo que motivaba que normalmente fuesen ejecutados por sus captores.
[2] La Cruz patada o Cruz paté, es aquella cuyos brazos se estrechan al llegar al centro y se ensanchan en los extremos. Su nombre proviene de que los brazos de este tipo de cruz parecen patas.
[3] La expansión de la Orden en Europa fue impresionante, hasta el punto que, a mediados del sigo XIII, contaba con doce provincias en Occidente y cinco en Oriente, en tanto que sus miembros llegaban casi a los 20.000.
[4] LLAMPAYAS, José: Jaime I, el Conquistador. Biblioteca Nueva. Madrid, 1942. p, 53.
[5] Hija ilegítima de Alfonso VI, rey de Castilla y León, y de Jimena Muñoz. Casada con Enrique de Borgoña, fue madre del primer rey de Portugal Alfonso Henriques.