CONTACTA CON NOSOTROS

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

jueves, 17 de agosto de 2017

ATENTADO EN BARCELONA

NUESTRAS ORACIONES Y APOYO A TODAS LAS PERSONAS VÍCTIMAS DE ESTE ATENTADO Y NUESTRA SOLIDARIDAD CON  ESA GRAN CAPITAL ESPAÑOLA QUE ES BARCELONA


domingo, 13 de agosto de 2017

LA POSICIÓN DEL TEMPLARIO ANTE EL MIEDO


Desde este blog y dentro del carisma propio de la Milicia del Temple, se denuncian periódicamente las brutales persecuciones que se llevan a cabo contra los cristianos en países como Irak, Siria, o bien en otros que aunque no son noticia diaria, se viene produciendo un acoso y persecución silenciosa por parte de los aparatos del Estado de esas comunidades cristianas que contra viento y marea y con la fortaleza que da la fe en Cristo sufren y aguantan esos embates que intentan acabar con ellos, es evidente que esta persecución se viene dando desde hace tiempo  en países totalitarios regidos por gobiernos que desean controlar al individuo en cualquier faceta de su vida.

Ante esto  habría que hacerse una pregunta sencilla y darle a la vez una respuesta sencilla, ¿Por qué este acoso y derribo contra el cristianismo en estos países?. La respuesta también sencilla es MIEDO, miedo a la libertad que trae el cristianismo, entre el totalitarismo y el cristianismo se contraponen dos sistemas, el primero es el que hace del individuo un mero resorte del Estado, es el propio Estado el que se encarga de controlar tanto la esfera pública como la esfera privada del individuo, en una palabra, se trata de uniformar a todos bajo unas directrices, nadie se puede salir de ahí, por otro lado se encuentra el creyente , el que de forma voluntaria ha abrazado la fe en Cristo, en un Dios de bondad que creó al hombre y le dio libertad para elegir, señalándole claramente el camino del bien y del mal, un Dios del perdón que quiere al hombre y en base a ese amor le concede el don de elegir entre ese bien y ese mal pero que aun eligiendo el segundo camino siempre está presto a recibir nuevamente y a perdonar el error.

Pues bien, aunque de forma simplista, este es el miedo que causa la palabra de Dios, esta palabra de DIOS que por sí sola y a través del Santo Padre San Juan Plablo II  bastó para conseguir lo que no se había conseguido con armas, boicot, guerra fría, etc, bastó para derribar como un castillo de naipes todos los regímenes totalitarios instaurados en los países del Este algunos de los cuales son hoy ejemplo en la defensa del Cristianismo.

Llegados a este punto,  nos preguntamos ¿se está produciendo una verdadera persecución en España?, ¿se dan ya los indicadores suficientes para hablar de persecución a los cristianos?.


Las noticias hablan por sí solas, asaltos de capillas y de iglesias, coacciones para acallar opiniones contrarias al establishment que poco a poco va controlando al individuo,a los hijos en la escuela, etc,  ataques tanto físicos como  verbales contra miembros de la Iglesia que valientemente dan sus opiniones sobre la deriva de una sociedad a la cual le están arrebatando sus valores, etc. ¿Cuál es el motivo?, el MIEDO, ese miedo a que el individuo hable de DIOS y vuelva a derribar de forma pacífica los muros que se están construyendo.



Es en esta batalla que se está llevando a cabo  donde el Caballero del Temple debe dar lo mejor de si mismo, y donde revestido de la armadura de la fe como decía San Bernardo, derrotará a todos sus enemigos y sobre todo, contribuirá a que no nos arrebaten nuestra libertad de seguir el camino de DIOS.

sábado, 12 de agosto de 2017

TEMPLARIOS EN ESPAÑA

El soberano catalán pariente del Cid que se convirtió en el primer templario español

Pocos días antes de morir, Ramón Berenguer III pidió el ingreso en la orden del Temple. Además, les dejó a sus miembros un castillo, su armadura y su caballo
Templarios. Solo mencionar el sobrenombre más conocido de los «Pobres soldados de Cristo» invita al esoterismo, a lo oculto y a la intriga. Sin embargo -y a pesar de existen muchos misterios a su alrededor como el de la enigmática flota del Temple que pudo llegar hasta América- lo cierto es que esta orden nació para defender a los cristianos que, arriesgando su fortuna y su vida, peregrinaban a Jerusalén. Por entonces -1118- el grupo no estaba formado más que por 9 caballeros con una fe ciega en el Salvador, pero apenas 13 años después ya habían sido reconocidos por la Iglesia Católica, contaban con decenas de miembros y habían extendido sus tentáculos por media Europa. Desde Francia, hasta la Península Ibérica. Precisamente en esta última región fue donde Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, decidió -poco antes de morir-convertirse en el primer caballero templario español y ceder además a estos seguidores de la cristiandad un castillo, su armadura y su caballo.



Hablar de los templarios es hacerlo también de un ascenso fulgurante y una caída estrepitosa. Y es que, aunque llegaron a amasar una riqueza digna de un reino y lograron atesorar decenas de castillos bajo sus órdenes, fueron disueltos por la Iglesia acusados -entre otras cosas- de herejía, sodomía y pedofilia. Cargos todos ellos falsos y que fueron utilizados para acabar con su poder en Europa y con las ingentes cantidades de dinero que habían logrado recabar. Uno de los primeros territorios en los que se asentaron tras su creación fue España donde, además de todo aquello que les cedió Ramón Berenguer III, recibieron por herencia (o pagaron con su propio dinero) fortalezas, haciendas y villas en más de medio centenar de provincias. Emplazamientos que les sirvieron como fuente de ingresos. Al final, casa por aquí, fuerte por allá -y con la excusa de expulsar a los musulmanes de la Península- terminaron haciéndose un hueco importante por estos lares, aumentaron su actividad militar en la zona y, por descontado, hicieron que su influencia entre los nobles creciese.

Nacimiento y expansión

Para hallar el origen de los templarios es necesario viajar hasta los años 1118 y 1119. Fue en esta época cuando 9 caballeros europeos liderados por Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Aldemar fundaron en Jerusalén la orden de los «Pobres soldados de Cristo» (los futuros templarios). Su objetivo era, en primer lugar, defender a los viajeros y peregrinos que -al viajar a Tierra Santa para purgar sus pecados- eran atacados principalmente por los turcos selyúcidas. En segundo término, estos militares también se comprometieron a proteger los santos lugares. «En aquel entonces reinaba Balduino I, quien brindó una calurosa acogida a los “Pobres soldados de Cristo”, […] Pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en una parte del palacio, que el rey les cedió, justo encima del antiguo Templo de Salomón (de ahí el nombre de Caballeros del Temple)», explica el investigador Rogelio Uvalle en su libro «Historia completa de la Orden del Temple». Los miembros del grupo, en principio soldados, determinaron vivir con votos religiosos y monacales. Entre ellos destacaba el de castidad, el cual se tomaban tan seriamente como para no mirar dos veces a una mujer a la cara por miedo a enamorarse.
Poco tiempo después, apenas ocho años, Payens observó que el nuevo grupo necesitaba un empujón que le permitiera atraer a nuevos miembros y ganar alguna que otra moneda para sufragar sus gastos. La necesidad era urgente ya que, mientras que otras órdenes recibían cuantiosos fondos por estar reconocidas por la Iglesia, ellos debían vivir de las escasas posesiones que tenían. Decidido a darse a conocer, partió hasta la vieja Europa para hacer propaganda de los «Pobres soldados de Cristo» con otros cinco compañeros. El viaje no pudo ser más fructífero pues, como señala el historiador francés Alain Demurger en su libro «Caballeros de Cristo: templarios, hospitalarios, teutónicos y demás órdenes», logró que San Bernarndo, por entonces máxima autoridad eclesiástica, exaltara para bien sus objetivos. Por otro lado, también consiguió unos cuantiosos donativos y volver a Tierra Santa con nuevos «reclutas». «Regresó a Tierra Santa como primer maestre de la caballería del Temple y algunos hombres religiosos más. Lo siguieron una multitud de nobles que fueron a su reino prestando fe a sus palabras», determina el cronista de la época Guillermo de Tiro.

Y no solo eso, sino que consiguió que, en el concilio de Troyes celebrado en 1128, la Iglesia aprobase una regla para los templarios (una serie de principios necesarios para que la orden fuese oficial). «La regla fue redactada en Oriente, con ayuda del patriarca de Jerusalén. Hugo la discutió después con el Papa, antes de someterla en el Concilio de Troyes, en el que sabía que predominaba la influencia del Císter. Los padres corrigieron ciertos detalles, modificaron ciertos artículos y dejaron puntos en suspenso, sometiéndolos al Papa y al patriarca», señala el experto galo. En esta reunión, además, se expuso por primera vez algo que sumamente novedoso en el siglo XII: el crear un grupo formado por monjes (miembros del clero que, como los mandamientos decían, tenían prohibido matar) que fueran a la vez soldados. A pesar de que la idea era controvertida, al final se ganó el apoyo de los presentes y ofreció a los «Pobres soldados de Cristo» un trampolín para ser conocidos en toda Europa.

La visita a España
Mientras Hugo andaba forjando a golpe de espada y oración la orden del Temple, la situación por estos lares no era de lo más adecuada para los cristianos. Y es que -aunque dominaban la mitad norte de la actual España- andaban metidos hasta el corvejón en una lucha a muerte contra los musulmanes. Por entonces el territorio se dividía en cuatro reinos. Todos ellos, nacidos a costa de las zonas arrebatadas al Islam. En primer lugar se hallaban los de Aragón y Navarra (ambos regidos por Alfonso I «el Batallador»). A continuación se destacaba el reino unificado de León y Castilla (bajo las órdenes de Alfonso VII); el de Portugal (gobernado por Alfonso Enríquez) y, finalmente, los denominados Condados Catalanes. Al frente de estos últimos se encontraban varios nobles entre los que destacaba Ramón Berenguer III, conde de Barcelona y denominado posteriormente «el Grande» por su política expansionista. «El proceso de consolidación de la región pasó por la […] incorporación al condado de Barcelona de otros como los de Besalú y Cerdaña, al norte de los Pirineos, […] la bailía de Perelada, así como los vasallajes de Pallars, Urgell, Ampurias y Roselló», explica el historiador José María Monsalvo Antón en su obra «Historia de la España medieval». A su vez, este soberano también logró, mediante una alianza matrimonial, hacerse con el dominio de la Provenza francesa.

La situación de aquella primitiva España podría parecer hoy en día aislada totalmente de la vieja Europa. Pero nada más lejos de la realidad. De hecho, la necesidad de expulsar a los musulmanes de la Península era considerada de gran importancia en las altas esferas de la Iglesia, desde donde se llegó a equiparar el combatir contra los sarracenos en Hispania, con hacerlo en Tierra Santa en la Cruzada (algo que otorgaba la salvación y el perdón de Dios a los caballeros que acudía a Jerusalén). «Hay que tener en cuenta que, en el año 1095 -cuando Urbano II llamó a los caballeros a unirse a la Primera Cruzada para recuperar los santos lugares- la Península se encontraba inmersa en su propia cruzada: la Reconquista. Como había muchos nobles que no podían desplazarse hasta Jerusalén para defender los atributos griálicos, lavaron su conciencia luchando aquí», explica a ABC María Lara Martínez, escritora, profesora de la UDIMA, Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia, autora de «Enclaves templarios» (editado por Edaf), Comendadora honorífica del Temple y Madrina Templaria. Esta máxima quedó refrendada en el año 1100 cuando el papa Pascual II emitió una bula según la cual los guerreros cristianos residentes en España tenían prohibido viajar a Palestina. Una orden que buscaba evitar que nuestro actual país no se quedase sin soldados que lucharan contra la expansión de Alá.


La bula papal se ajustó como un cinturón a los deseos de los soberanos cristianos de la Península Ibérica, los cuales empezaron a enarbolar con sumos gusto la insígnia de la Cruzada con el objetivo de atraer a todos los guerreros posibles a causa. «Los reyes cristianos se dieron cuenta enseguida de los beneficios que podía reportarles la importación del ideal de las cruzadas en sus territorios. En 1101, el rey Pedro I de Aragón y Navarra empleó por primera vez la enseña cruzada en una acción militar contra los andalusíes, el cerco que puso a la ciudad de Zaragoza. Era la primera señal de que las ideas religiosas que llegaban allende a los Pirineos podrían servir a los reyes ibéricos para articular una respuesta ante el rodillo almorávide», se explica en la obra «Templarios» (editada para el Canal Historia por varios autores).

En ese marco de guerra y necesidad los reinos cristianos peninsulares vieron el cielo abierto (y nunca mejor dicho atendiendo a las connotaciones religiosas) con la llegada de la Orden del Temple a Europa. Fue por ello fue por lo que, en 1127, la reina Teresa de Portugal (hija de Alfonso VI de Castilla) decidió ceder al representante de este grupo en el Mediterráneo (Hugo de Rigaud) el castillo de Soure. La edificación estaba estratégicamente ubicada cerca de la frontera con Al-Andalus, lo que haría que estos militares se vieran inmersos de lleno en la Reconquista. Y todo ello, dos años antes de que la Iglesia les reconociera como una orden oficial y tan solo una década después de la fundación del grupo en Jerusalén. «El 19 de marzo de 1128 la condesa formalizaba solemnemente en Braga de Soure la entrega del castillo al Temple. Esta se completaría el 29 de marzo cuando Teresa añadió un amplio territorio de los alrededores. Cuando, pocos meses después, tras la batalla de San Mamede, Alfonso Enríquez se hizo con el gobierno del condado y desplazó a su madre, no dudó en confirmar la cesión a los templarios», completa la escritora alcarreña María Lara.

Ramón Berenguer III, el primer templario español

No fue necesario esperar mucho más para empezar a hablar de la relación de la Orden del Temple con los reinos cristianos. Más concretamente, y según explica el divulgador histórico Rafael Alarcón Herrera en su obra «La huella de los templarios: tradiciones populares del Temple en España», fue también entre los años 1127 y 1128 cuando los «Pobres caballeros de Cristo» llegaron hasta Aragón e hicieron muy buenas migas con Ramón Berenguer III, casado por entonces con una mujer de alta alcurnia: María, una de las hijas del famoso Cid Campeador. En palabras de la alcarreña, este catalán colaboró con ellos desde su entrada en la Península, algo que se materializó a base de donaciones. Alarcón es de la misma opinión: «Ramón Berenguer recibió la visita de los fundadores en 1127, cuando vinieron a Europa para promocionarse y reclutar nuevos miembros. Ramón Berenguer sentía auténtico entusiasmo por esta milicia». En aquellos años este noble actuó como tantos otros que, al no poder limpiar sus pecados en Tierra Santa, colaboraron con los soldados del blasón blanco y la cruz roja para ganarse su pequeña parcela en el cielo.

El conde de Barcelona terminó dando el impulso definitivo al Temple en 1130. Por aquel entonces vivía sus últimos días en este mundo y, deseoso de entrar en el cielo por la puerta grande, decidió hacer algo que resultaría pionero: ingresar en los templarios. Su objetivo era doble. En primer lugar creía (como se había extendido en aquellos años) que Dios le reconocería como un monje guerrero y olvidaría sus pecados cometidos en vida para acogerle con los brazos abiertos. A su vez, buscaba que este grupo se asentara en la Península y colaborase en la expulsión de los musulmanes a través de sus propiedades. Así fue como se convirtió en el primer templario español. Posteriormente, en su testamento -dictado el 8 de julio de 1131- Ramón Berenguer hizo de nuevo algo nunca antes visto en España. «Les donó el castillo de Grañena de Cervera, ubicado en la provincia de Lérida, y su caballo y su armadura personal. Esto es sinónimo de una gran implicación con los monjes de la orden, de quienes dijo que “han venido y se han mantenido con la fuerza de las armas en Grañena para la defensa de los cristianos”», determina Lara a ABC. Los autores de «Templarios» creen lo mismo: «Este no era en absoluto un gesto anecdótico. El señor más importante del oriente peninsular cristiano otorgaba nada menos que sus atributos de caballero a la orden que había sido fundada hacía poco en Jerusalén y que solo dos años y medio antes había logrado su aprobación oficial por la Iglesia».

De esta forma -gracias a la cesión de las fortalezas de Portugal y Cataluña en primera línea de batalla- los templarios terminaron implicándose de lleno en la Reconquista y, cómo no, ganándose un hueco entre los literatos de estas tierras (por ejemplo, Bécquer y su «Monte de las ánimas»). A mediados de julio de ese mismo año, Ramón Berenguer III, uno de los españoles que más defendió e hizo prosperar a la orden de los «Pobres caballeros de Cristo» en nuestro país, dejó este mundo en una hacienda del Temple. «Para prepararse a morir había tomado el buen Conde el hábito de los templarios, profesando en manos de su jefe Hugo Rigaldi, y muriendo en su mismo hospital, a donde se hizo llevar», explican los historiadores del S. XIX Johannes Baptist Alzog y Vicente de la Fuente en su obra «Historia eclesiástica o adiciones a la Historia general de la Iglesia, Volumen 2». Así fue como uno de los hombres más poderosos de la Península Ibérica falleció: lejos de sus lujos, de sus bienes materiales y como un miembro más de este grupo. Ya lo decía uno de los lemas de la Orden: «Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam» («No a nosotros oh señor, no a nosotros sino a tu nombre da gloria»). Una frase que venía a significar que ellos luchaban por Cristo y por Dios y que despreciaban el dinero y los bienes materiales.

El mismo año en que Ramón Berenguer se marchó de este mundo, Alfonso I «el Batallador» siguió su ejemplo y dictó un testamento en Bayona que favorecía ampliamente a los templarios. «A Alfonso I -rey de Aragón y Navarra, conquistador de Zaragoza y artífice de la expedición a Andalucía- se le ha llamado el rey de los templarios porque cedió todo lo que tenía en vida a tres órdenes: la de los “Pobres caballeros de Cristo”, la del Sepulcro del Señor y la del Hospital. Realmente él quería hacer testamento en favor de Dios, pero al ser un concepto tan ambiguo decidió dejar sus bienes a los representantes de este en la Tierra. Como era de esperar, esto causó un gran revuelo entre los nobles del reino, que se habían preparado para recibir una suculenta suma de dinero debido a que “el Batallador” no tenía hijos», completa María Lara. En palabras de la experta española, Alfonso I fue un claro ejemplo de un monarca que quería ser monje y que hubiera deseado entrar en los templarios, pero que tuvo que morir sin tomar los hábitos debido a que su posición le exigía tener una esposa y tratar de tener una descendencia.

Cataluña, la cuna de los templarios

Tras la muerte de Ramón Berenguer III la relación de los Templarios con Cataluña no decayó, sino que se hizo más amplia. Así lo afirma el escritor Antonio Galera Gracia (investigador con más de una decena de libros de divulgación histórica sobre esta orden) en «La verdadera historia de la Orden del Templo de Jerusalén a la luz de la documentación histórica»: «Tan buenos auxilios debieron de ser proporcionados por los del Templo en el Condado de Barcelona, que en un documento que se encuentra en el Archivo Histórico Nacional de fecha 15 de abril de 1134 […] escrito por Olegario, arzobispo de Tarragona […] se determinan los privilegios y exenciones que se harán a los templarios que elijan las tierras catalanas para instalarse». Poco tiempo después, en 1143, un concilio celebrado en Girona y presidido por el cardenal Guidó estableció la fundación oficial del grupo en la ciudad condal.

«En esos años participaron activamente en el avance cristiano por la Península y en la reducción de Al-Andalus. Progresivamente, en Cataluña y en España otros señores les fueron concediendo posesiones. Una de las primeras fue un castillo que se encuentra en una de las dos colinas que vigilan Lérida (el de Gardeni). Es el tributo que pagó Ramón Berenguer IV a la orden después de que esta liberase la ciudad de los musulmanes. También destacan el de Miravet (una antigua fortaleza islámica convertida en castillo y monasterio) o el de Tortosa (situado en la desembocadura del Ebro, en la frontera entre Al Andalus y los reinos cristianos). En Barcelona establecieron a partir de 1134 uno de sus cuarteles generales del mediterráneo. Aquí crearon una encomienda que actualmente guarda un pequeño banco y dos colchones que fueron utilizados por San Ignacio de Loyola durante su estancia en Barcelona en 1523».

Artículo publicado en Diario ABC: abc.es/historia/

viernes, 11 de agosto de 2017

EL CISTER Y SU VINCULACIÓN CON EL TEMPLE.

Tanto la Orden del Císter como la del Temple coinciden en sus orígenes impregnados de una misma ambientación de Cruzada, como así también en hombres de una idéntica área geográfica dedicados al servicio divino.

Entrega de San Bernado de la Regla del Temple a Hugo de Payns.
Entrega de San Bernado de la Regla del Temple a Hugo de Payns.
M. Sarlat – Mundiario – 110316.- La Historia nos marca que en el año 1112 y habiendo transcurrido catorce años desde la fundación de la Orden del Císter, un joven de la Borgoña de tan sólo 22 años de edad acompañado de unos treinta compañeros, golpeó a las puertas de la nueva institución cenobítica pidiendo ser admitido en ella. Estamos refiriéndonos a quien más tarde sería ampliamente conocido como San Bernardo de Claraval.
La Orden se hallaba en una época de expansión prodigiosa; de tal fecundidad monástica brotaría un puñado de abadías en los cuatro años que siguieron al ingreso de Bernardo y sus discípulos.
Hacia el año 1136, a la muerte de Esteban Harding, (tercer abad del Císter), las abadías fundadas habían alcanzado el número de setenta y cinco, trepando, diecisiete años más tarde, a la cifra insólita de 350 estos monasterios Cístercienses.
En tanto, más de dos años de tenaces combates serían necesarios para alcanzar las murallas de Jerusalén, la cuales, luego de un mes de asedio, fueron tomadas por asalto el 15 de julio de 1099. A modo de comentario, vale la pena añadir que cinco días antes de esta toma, moría en Valencia el guerrero castellano Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido como el Cid Campeador.
Mientras el ejército cruzado batallaba allá lejos, en marzo de 1098, un monje gentilhombre de Borgoña se trasladaba con un grupo de seguidores a un lugar inaccesible por lo salvaje, llamado Citeaux, (Císter en nuestra lengua) situado a unos 22 kilómetros al sur de Dijon, en búsqueda de mayor pobreza y una más estricta observancia de la regla de San Benito. Se trataba del que fuese abad de San Miguel de Tonnerre primero y luego abad-fundador del monasterio de Molesme.
Alrededor del año 1100, al año siguiente al de la conquista de Jerusalén, Hugo de Payns integraba el séquito caballeresco de otro Hugo, el conde de Champagne, al que todo parece señalar que acompañó en 1104 en su peregrinación a Tierra Santa.
Será este mismo conde Hugo I de Champagne quien generosamente, en julio de 1114, donará al Císter “el lugar de Claraval con todas sus pertenencias: Campos, prados, viñas, bosques y aguas”, donde se instalará el monasterio que tendrá por primer abad al joven Bernardo.
Tanto la Orden del Císter como la del Temple coinciden en sus orígenes impregnados de una misma ambientación de Cruzada, como así también en hombres de una idéntica área geográfica dedicados al servicio divino, sin dejar de mencionar los vínculos familiares que unían por sangre a san Bernardo y Hugo de Payns.
Tenemos entonces que el primer contacto de Bernardo con la nueva Orden está dado a través del conde Hugo I de Champagne, a quien para mas datos en el año 1125, dirige una carta felicitándole por profesar en la recientemente creada Orden del Temple, habiéndose  convertido en un pobre soldado a través de sus votos de pobreza, obediencia y castidad, votos por los cuales el noble se desligara de todas sus posesiones y repudiara su matrimonio.
La inequívoca toma de posición de san Bernardo a favor de la Nueva Milicia resonó en toda la cristiandad como un gran clarinazo de alistamiento, levantando oleadas de entusiasmo y provocando que muchos jóvenes ansiosos de servir, acudieran a enrolarse a las filas templarias.
También numerosos caballeros se fueron alistando, mientras otros tantos luchaban en calidad de cruzados; hubo, asimismo, no pocos que debido a su edad o condición física estaban impedidos de cabalgar largas distancias y por ende, se sintieron impulsados a contribuir financieramente a tan colosal empresa mediante la entrega de bienes y heredades.  Con el producto de estos donativos administrados celosamente por el Temple, se sostenía a los ejércitos que luchaban en Palestina.
Luego del contundente apoyo de Bernardo con su De Nova Militia Christi sumado al respaldo del Concilio de Troyes, brotaron centenares de encomiendas templarias en toda Francia, Flandes, Inglaterra, Escocia y la Península Ibérica.
Es inconmensurable lo que el Temple debe a Bernardo de Claraval. Sin su poderosa ayuda, es probable que éste nunca hubiese pasado del grupo formado por los primeros nueve caballeros a cuya cabeza cabalgara Hugo de Payns.
Fuente: Artículo publicado en Vox Templi. http://www.voxtempli.org/