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La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Milicia del Temple, es un instituto totalmente nuevo dentro de la Iglesia Católica, aunque inspirado en la antigua Orden.

1º.- No reivindica ninguna sucesión histórico – jurídica con la antigua Orden del Temple abolida en 1314, como lo hacen otras asociaciones autodenominadas “templarias”, que no es otra cosa que una total falsedad.

2º.- No tiene nada que ver con las creencias esotéricas de todas y cada una de estas asociaciones.

3º.- La Santa Sede ha prohibido a la Milicia del Temple tener contactos con este tipo de asociaciones.

Aprobada por la Santa Iglesia Católica, l a Milicia del Temple – Pobres Caballeros de Cristo, se complace en recibir a hombres y mujeres católicos. Por tal motivo, pedimos que cuando se pongan con nosotros en contacto por primera vez, incluyan los siguientes detalles: Su nombre y apellidos, localidad y provincia donde residen, parroquia a la que pertenecen, edad, si conoce a algún caballero o dama personalmente y si no, como se enteró de nosotros. No buscamos en este primer contacto una biografía completa, pero si un pequeño perfil a través del cual comenzar el proceso para tener en consideración su petición de unirse a nosotros.

Nuestra dirección de contacto es: infomilitiatempli@gmail.com

domingo, 29 de marzo de 2015

NOSOTROS ESTAMOS EN SEMANA SANTA, ELLOS VIVEN EN SUS PROPIAS CARNES LA PASIÓN.

    Hoy Domingo de Ramos, la entrada de Jesús aclamado en Jerusalén. Jesús sabía lo que  pasaría en los próximos días, El sabe que su fin es redimir a todos los que en ese momento le están aclamando, a muchos de esos que después le darán la espalda. Jueves Santo, Jesús celebra la última cena, lava los píes a sus allegados y ora en el Huerto de Getsemaní, Jesús sabe que las horas que se avecinan son duras, mucho sufrimiento, torturas, la cruz, algunos le dicen que si es el hijo de Dios porque no le pide que le ayude en tan dramáticas horas. Jesús acepta sus sufrimientos y su muerte para redimir a todos, muere perdonando "Padre, perdonales...." y al tercer día resucita.

    Hoy, en mi ciudad, como en cualquier otra ciudad de España he visto a los asistentes a las procesiones con sus mejores galas, trajes bonitos, vestidos preciosos y muchos, deseando que acabase la procesión para tomar las cañas y las tapas con los amigos, era día para eso. Esa es la Semana Santa de verdad, creo que no, es la que nos gusta celebrar a nosotros, estamos de vacaciones y lo de menos es lo que signifique, lo importante es que tenemos unos días para divertirnos, ver una procesión como algo cultural, el que asista a la Santa Misa lo hará por tradición y cada vez menos. Poco a poco estamos perdiendo el sentido de la verdadera fe, estamos apartándonos del mensaje de Jesús. Poco a poco nos estamos olvidando de que Jesús sufrió por nosotros, y saben lo triste de todo esto, si es que algo puede ser aun más triste, que hemos olvidado que tenemos unos hermanos en Cristo, en Siria e Irak que están viviendo la pasión en sus propias carnes, que a pesar de las amenazas de muerte constantes salen a conmemorar la Pasión de Jesús, sabiendo que luego en vez de ir al bar a tomar unas cervezas  pueden ser asesinados. Que lección nos están dando nuestros hermanos perseguidos, gracias a ellos se renueva el mensaje de Jesús, se puede decir que han abierto su corazón a El y a El se han encomendado, porque no intentamos hacer nosotros lo mismo, porque esta Semana Santa tomándolos a ellos como ejemplos vivientes de los que sufren por Jesús no vivimos una auténtica SEMANA SANTA.








HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
Domingo 29 de marzo de 2015


     En el centro de esta celebración, que se presenta tan festiva, está la palabra que hemos escuchado en el himno de la Carta a los Filipenses: «Se humilló a sí mismo» (2,8). La humillación de Jesús.

     Esta palabra nos desvela el estilo de Dios y, en consecuencia, aquel que debe ser el del cristiano: la humildad. Un estilo que nunca dejará de sorprendernos y ponernos en crisis: nunca nos acostumbraremos a un Dios humilde.

     Humillarse es ante todo el estilo de Dios: Dios se humilla para caminar con su pueblo, para soportar sus infidelidades. Esto se aprecia bien leyendo la historia del Éxodo: ¡Qué humillación para el Señor oír todas aquellas murmuraciones, aquellas quejas! Estaban dirigidas contra Moisés, pero, en el fondo, iban contra él, contra su Padre, que los había sacado de la esclavitud y los guiaba en el camino por el desierto hasta la tierra de la libertad.


     En esta semana, la Semana Santa, que nos conduce a la Pascua, seguiremos este camino de la humillación de Jesús. Y sólo así será «santa» también para nosotros.

     Veremos el desprecio de los jefes del pueblo y sus engaños para acabar con él. Asistiremos a la traición de Judas, uno de los Doce, que lo venderá por treinta monedas. Veremos al Señor apresado y tratado como un malhechor; abandonado por sus discípulos; llevado ante el Sanedrín, condenado a muerte, azotado y ultrajado. Escucharemos cómo Pedro, la «roca» de los discípulos, lo negará tres veces. Oiremos los gritos de la muchedumbre, soliviantada por los jefes, pidiendo que Barrabás quede libre y que a él lo crucifiquen. Veremos cómo los soldados se burlarán de él, vestido con un manto color púrpura y coronado de espinas. Y después, a lo largo de la vía dolorosa y a los pies de la cruz, sentiremos los insultos de la gente y de los jefes, que se ríen de su condición de Rey e Hijo de Dios.

     Esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. Es el camino de Jesús, no hay otro. Y no hay humildad sin humillación.

     Al recorrer hasta el final este camino, el Hijo de Dios tomó la «condición de siervo» (Flp 2,7). En efecto, la humildad quiere decir también servicio, significa dejar espacio a Dios negándose a uno mismo, «despojándose», como dice la Escritura (v. 7). Este «despojarse» es la humillación más grande.

     Hay otra vía, contraria al camino de Cristo: la mundanidad. La mundanidad nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito... Es la otra vía. El maligno se la propuso también a Jesús durante cuarenta días en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo. Y, con él, solamente con su gracia y con su ayuda, también nosotros podemos vencer esta tentación de la vanidad, de la mundanidad, no sólo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida.

     En esto, nos ayuda y nos conforta el ejemplo de muchos hombres y mujeres que, en silencio y sin hacerse ver, renuncian cada día a sí mismos para servir a los demás: un familiar enfermo, un anciano solo, una persona con discapacidad, una persona sin techo...

    Pensemos también en la humillación de los que, por mantenerse fieles al Evangelio, son discriminados y sufren las consecuencias en su propia carne. Y pensemos en nuestros hermanos y hermanas perseguidos por ser cristianos, los mártires de hoy - que son muchos -:no reniegan de Jesús y soportan con dignidad insultos y ultrajes. Lo siguen por su camino. Podemos hablar, verdaderamente, de “una nube de testigos”: los mártires de hoy (cf. Hb 12,1).

     Durante esta semana, emprendamos también nosotros con decisión este camino de la humildad, movidos por el amor a nuestro Señor y Salvador. El amor nos guiará y nos dará fuerza. Y, donde está él, estaremos también nosotros (cf. Jn 12,26).