jueves, 7 de mayo de 2015

EL EJEMPLO DE LA IGLESIA



     Nos hemos preguntado que estamos aportando los católicos durante este terrible crisis en favor de los más necesitados. Recojo datos aproximados

     La Iglesia está ahorrando cientos de millones de euros de ahorro al estado, pero aparte de ese ahorro, esa labor que está haciendo la Iglesia de verdad creen que la haría alguien, alguna institución que se involucrase tanto con las personas y que llegase a tantos sitios, que no preguntase el credo ni la procedencia del que llega pidiendo ayuda, no rotundamente creo que actualmente en España con estas características no existe ninguna institución.

     Les dejo unas cifras aproximadas de lo que actualmente hace la Iglesia Católica, detrás de la cual están millones de personas que creen en las palabras de Jesús “amarás al prójimo como a ti mismo”.

·         5.347 Centros de enseñanza;  Un millón de alumnos. (Ahorran al Estado 3 millones de euros por centro al año) 16.041millones de euros.
·      107 hospitales (Ahorran al Estado 50 millones de euros por hospital al año) 5.350 millones de euros.

·      1.004 centros; entre ambulatorios, dispens­arios, asilos, centros de minusválidos, de transeúntes y de enfermos terminales de SIDA; un total de 51.312 camas (Ahorran al Estado 4 millones de euros por centro al año) 4.016 millones.

·       Gasto de Cáritas al año: 155 millones de euros(salidos del bolsillo de los cristianos españoles).

·           Gasto de Manos Unidas: 43 millones de euros (del mismo bolsillo).
·      Gasto de las Obras Misionales Pontificias (Domund): 21 millones de euros (¿Imaginan de dónde sale?).
·       365 Centros de reeducación para marginados sociales: ex-prostitutas, ex-presidiarios y ex-toxicómanos; 53.140 personas.(Ahorran al Estado, medio millón de euros por centro) 182,5 millones.
·       937 orfanatos; 10.835 niños abandonados.(Ahorran al Estado 100.000 euros por centro) 93,7 millones.

·          El 80 % del gasto de conservación y mantenimiento del Patrimonio histórico­-artístico.

·          Total como mínimo ahorro al estado sin contar la mano de obra; 57.902,2 millones de euros.

     A todo esto tenemos que sumar que casi la totalidad de las personas que trabajan o colaboran con Manos Unidas, Cáritas, etc…. son voluntarios 'sin sueldo' (aunque a algunos les extrañe es cierto, hay personas que trabajan por los demás sin pedir a cambio un salario), realizando su labor para ayudar a los demás sin pedir nada a cambio. ¿En cuánto podríamos cuantificar su trabajo?

     Esta es la razón por la cual el Estado sigue dando algunas ayudas a la Iglesia Católica, porque le sale muy, pero que muy barato.

     Lo asombroso es que nadie (o muy pocos) saben de este ahorro esencial para que la economía española 'vaya bien'.

    Como contrapartida ¿Cuantos comedores para indigentes han creado los  partidos políticos y sindicatos, organizaciones empresariales.? Que hacen todos estos que critican a la Iglesia, donde está el verdadero amor al prójimo, al hermano sin preguntarle procedencia, color de la piel, credo, nada. Cuantas veces me pregunto  qué pasaría si los políticos de todos los partidos se impregnaran un poquito del mensaje de Jesús, contratan equipos de asesores para que den con la clave para poder lanzar el mensaje apropiado para llegar a los ciudadanos y conseguir el tan ansiado voto, y no se han dado cuenta todavía que el mensaje lo tienen delante de las narices estudien, lean, comprendan las palabras de JESUS y actúen en consecuencia, de esta forma llegarán a los corazones de los ciudadanos. Esto es lo que hace la Iglesia, seguir el ejemplo de Jesús y a la vista están las cifras.


viernes, 1 de mayo de 2015

       en el siguiente artículo he quitado fotografías y cualquier cosa que pueda distraer al lector en la lectura del contenido de este artículo, los comentarios sobran sobre la profundidad y a la vez claridad del mismo. Disfruten de su lectura y saquen conclusiones:



D. Anselmo Alvarez O.S.B. Todos recibimos la densidad de las sombras que nos envuelven junto a pequeños cente lleos de luz. Sobre nosotros está cayendo la noche: «esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». También Jesús vivió esta experiencia, por la que los cristianos y la Iglesia han de pasar para asemejarse al Maestro. Y también sobre España y sobre Europa. No podemos creer que las cosas puedan seguir por mucho tiempo como están, ni que puedan empeorar indefinidamente, aunque sí que puedan agravarse de una manera inusitada. Hemos entrado en la «noche oscura»; que cada uno encienda o avive su luz para impedir que las sombras nos sumerjan.  
No sólo se ha enfriado la caridad de muchos, como había advertido el Evangelio (cf Mt 24,12), sino que han renunciado, al menos momentáneamente, a entender y vivir su condición humana y divina. Pero la ruina espiritual, de la que todos somos responsables, no va a venir sola. Cuando una sociedad se ha vaciado, sistemática y concienzudamente, de los valores espirituales, morales y humanos, hay que esperar cualquier catástrofe. 
En este contexto, no se puede hablar de que estemos en el tiempo del hombre, por mucho que las apariencias y la interpretación común así nos lo aseguren. No lo estamos al menos por dos razones: el hombre está ausente de sí mismo en la medida en que Dios lo está de él: el hombre se anula cuando anula su ecología sustancial: el aire, la luz y la energía en la que subsiste, es decir, Dios. Por tanto, es el tiempo del eclipse del hombre, a pesar de su actividad multiforme, que sólo sirve para encubrir el vacío. No es el tiempo del hombre, además, porque es más bien el tiempo de su adversario, de Satán, «príncipe de este mundo», cuyo halago hacia él le asfixia y le suplanta. 
El tiempo que vivimos sólo puede ser entendido desde la teología de la historia. Como todos los tiempos, especialmente éste es el tiempo de Dios. Tiempo fundamentalmente teológico. Tiempo decisivo, en el que el Mal está dando su última batalla contra Dios y contra el hombre, y en el que se juega la suerte de ambos. Todos los tiempos son teológicos y todos los hombres son realidades teológicas: lo histórico es sólo la expresión que adquiere en el tiempo el proyecto de Dios sobre el hombre. Para su cumplimiento previsto, Dios prepara hoy su regreso y el del hombre. 
Así es desde la primera página del tiempo y del hombre: la acción creadora de Dios que puso en marcha el tiempo, las cosas y los seres que desarrollan su actividad en él; la acción del hombre que se despliega a sí mismo en obediencia o en oposición al plan de Dios. Nadie puede evadir esta dimensión, aunque tantos la ignoren. Fuera de este marco teológico nos arriesgamos a no entender nada: ni del hombre ni de su historia. 
Todo lo que somos y todo lo que sucede pertenece a la historia de Dios en nosotros. No tenemos una historia propia aunque esté hecha por nosotros, aunque sea la historia de nuestra libertad. Pero es libertad en relación al proyecto y al destino inscrito en cada una de las historias personales. Por eso, a veces el resultado es un subproducto humano, irrelevante en el cómputo final, cuando no ha habido afinidad con Dios; cuando la libertad ha errado obstinadamente la elección correcta. 
Cada vez hay menos tiempo para los recursos y las soluciones humanas: hemos avanzado demasiado en el camino de la negación y de la irracionalidad; hemos destruido demasiados soportes. Sin embargo, hay que actuar como si todo dependiera de nosotros.  
En este sentido, es necesario subrayar que lo que más daño hace a la sociedad humana y a la Iglesia es la irresponsabilidad de los cristianos y en especial de los ministros de Dios, el descompromiso con su fe o con su función. Porque ellos han conocido la verdad y poseído la gracia, que les posibilita para ser luz y sal de la tierra. El problema es que los creyentes estamos llenos de vacilaciones y desconfianzas, que nos pesa la soledad en que nos quedamos, que nos atenaza el sentimiento del ridículo y nos tienta la libertad de quienes se han ido o nunca han estado. El problema es que no amamos lo que creemos, y sí creemos con bastante más fuerza en lo que el mundo nos invita a amar. El problema es que la concupiscencia de la vida nos resulta más poderosamente atractiva que el amor del Evangelio. Dios, en cambio, sí ama y cree en el hombre. 
Entretanto, asistimos al intento de eliminación de algunos de los soportes fundamentales del cristianismo. Por una parte, las Sagradas Escrituras, sobre todo las que se refieren a Jesús, mediante el ataque frontal a su historicidad y, como consecuencia, a la teología, a la fe y la Iglesia. Ellos representan el soporte estructural de cristianismo. Por otra, los soportes humanos. Ante todo, el sistema de cristiandad, que ha sido el vehículo y memoria de la historia y cultura cristianas, a pesar de todas sus sombras, y dentro de ella el agotamiento, bien que no consumado, de uno de sus puntales más representativos: España. Mucho más que en 1982, hoy está vigente el apremio: «España, sé tú misma», no sólo por lealtad a su historia, sino por fidelidad a Cristo. 
Sintetizando, «nuestra heredad ha sido entregada a los bárbaros» (Lam 5,2). Posiblemente, los acontecimientos ya están fuera del control humano, y desde luego hace mucho que la solución está fuera de los cauces políticos. Ante este desafío total la mayor parte «hemos decidido afrontar solos la tormenta» (Dozulé), pero la historia permanece bajo el señorío de Dios.  
 
 
Reacción  
 
Se diría que alguna epidemia súbita ha anulado todas las defensas y aletargado todas las sensibilidades frente a este retroceso del espíritu humano a su prehistoria. Pero, en realidad, no nos debe sorprender. Desde los tiempos del profeta Daniel, y sobre todo en el NT, habíamos sido advertidos de las conmociones que esperaban a la humanidad y en especial al pueblo y a la Iglesia de Dios. 
Es necesario que mantengamos una atención extremada a los «signos de los tiempos» a fin de comprender mejor el sentido de los acontecimientos. Estamos sumergidos en demasiadas historias entrecruzadas, demasiado enigmáticas en su interpretación, demasiado imprevisibles en su desenlace. Que el que tenga oídos para oír, oiga y el que tenga ojos que vea.  
Verdaderamente, como dice san Pablo, «la noche está avanzada. Por eso, dejemos las actividades de las tinieblas y tomemos las armas de la luz» (Rom 13,12). No sabemos qué hora es de la noche, y como el profeta preguntamos: «vigía, ¿cómo va la noche?; dinos: ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11). Pero sí sabemos, en cambio, lo que ocurrió una vez en el centro de la noche: «cuando todas las cosas estaban sumergidas en un profundo silencio, y la noche se hallaba en su punto más alto, la omnipotente Palabra de Dios descendió a nosotros desde su sede real» (texto de la liturgia de Navidad). 
A la acción de Dios, que indudablemente se producirá, hemos de unir la nuestra: «el que tenga bolsa y dinero cójalo y compre una espada, y el que no lo tenga que venda su manto y la compre» (Lc 22,36). Es decir, hemos de estar bien pertrechados para reaccionar ante la situación. Como escribe Pascal: «así como es un crimen perturbar la paz donde reina la verdad, es también un crimen mantenerse en paz cuando se destruye la verdad». 
Es imprescindible desterrar las posturas acomodaticias: lo imperativo hoy, para cualquier mente lúcida, es ir contra corriente, tener voluntad de reacción, saber decir no frente a la sumisión del hombre de nuestro tiempo a la demencia que le envuelve. En la insinuación a la práctica de lo políticamente correcto hay una invitación directa a la deserción. Ahora bien, como Cristo, el cristiano ha de ser «el testigo fiel y veraz» (Ap 3,14; 19,11). «Todo espíritu que no confiesa que Jesús es Dios pertenece al anticristo» (1Jn 4,4). El cristiano ha de tener en su corazón y en sus labios la misma palabra del arcángel Miguel: «¿Quién como Dios?», y la afirmación de fe propia del cristiano: «Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2,11). «Lo que necesita el cristiano cuando es odiado por sus enemigos, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma» (S. Ignacio de Antioquia, siglo II). 
Es preciso poner orden en el hombre, ponerlo en orden consigo mismo, en su corazón y en su inteligencia; levantar un muro ante el desconcierto que nos invade. Lo cual exige restablecer el orden de las relaciones y de la armonía entre el hombre y Dios. A todos se nos dice en el libro del Apocalipsis (17,5): «Pueblo mío, sal de Babilonia, la gran prostituta, para no haceros cómplices de sus pecados, ni víctimas de sus plagas». O como se añade entre las recomendaciones últimas del mismo Libro (22,11): «El que sea justo que crezca en justicia; el santo que se santifique todavía más». 
A pesar de los nubarrones y las amenazas debemos decir: «¿quién podrá separarnos del amor de Cristo: la aflicción, la angustia, la tribulación, al hambre, la desnudez, el peligro, la espada?». Estamos todos en la semana de Pasión, pero también esta semana terminará en Domingo de Resurrección. Entretanto, es preciso que cada uno de nosotros asuma su cruz, porque «el que no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí» (Mt 10,38). «Llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros» (2 Cor 4, 10).


   Esperanza 
 
El hombre occidental viene persiguiendo la regeneración desde hace varios siglos: a través del humanismo, de la «Reforma», la filosofía, la Ilustración, la ciencia, el progreso, el cambio y la innovación permanentes. Pero esta regeneración se ha revelado como degeneración, decadencia y crepúsculo, más allá de tantos logros materiales. Ha pretendido la «muerte de Dios» pero es el hombre el que ha sucumbido. Para su resurgimiento no basta y no es posible el solo restablecimiento moral. 
La perspectiva cristiana sólo tiene a la vista un camino de regeneración: la que parta de las claves teológicas del hombre que le devuelvan los datos fundamentales acerca de sí mismo en orden a la realización exacta del proyecto humano. Regeneración a través del re-nacimiento del que hablaba Jesús a Nicodemo: «el que no nace de nuevo, mediante el agua y el Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos» ni en una nueva realidad humana.  
San Pablo advertía: «despojaos del hombre viejo, que se ha ido desintegrando seducido por sus deseos; cambiad vuestra actitud mental y revestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, según la rectitud y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Entonces se hará posible el surgimiento de los cielos, la tierra y el hombre nuevos, a la voz de Aquel que dice: «ahora hago nuevas todas las cosas». Necesitaremos la infusión de un corazón y de un espíritu nuevos. Por tanto, un nuevo bautismo, un nuevo Pentecostés, una nueva criatura: una renovación de la naturaleza humana, que requerirá, probablemente, una intervención extraordinaria de Dios a fin de acercarla a su pureza y energía originales. Y ello será con nuestra colaboración o contra nuestra oposición. El orden de la naturaleza y de la creación debe ser restablecido porque así lo exige la armonía de la obra de Dios.  
Regeneración que ha de dar comienzo en cada uno de nosotros, sin esperar a mirar alrededor para ver cómo va en los otros. Lo cual requiere desde ahora la movilización de todos los recursos espirituales, porque sabemos que si los humanos están casi anulados, los sobrenaturales permanecen intactos.  
Se trata, decía san Cirilo de Jerusalén en el siglo III, de «adquirir una nueva configuración celeste, de transformar nuestra naturaleza mediante la incorporación del Espíritu Santo en nosotros, lo que permite que ya no nos tengamos simplemente por hombres sino por hijos de Dios». La posibilidad de renovación en cualquier organismo viene no de lo que cambia, sino de lo que es inmutable, de lo que constituye el propio ser. El ser se renueva únicamente en su propia energía, en fidelidad a sí mismo.  
«Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al maligno, que sois fuertes porque la palabra de Dios permanece en vosotros: no améis al mundo ni lo que hay en el mundo (las pasiones de la carne, la codicia de los ojos, la arrogancia del poder), porque eso no procede del Padre» (l Jn 2,13-17).  
Para mantenernos, o recuperar, esta juventud será imprescindible enraizarnos más profundamente en Cristo, en la Iglesia, en la fe, en los sacramentos, en María, en la oración, en la virtud, y prepararnos para la prueba, no futura, sino ya presente: «a vosotros se os ha concedido el privilegio de permanecer al lado de Cristo, no sólo por creer en Él, sino por sufrir por Él» (Fil 1,29). Debemos recordar también que la oración es maestra suprema de sabiduría. Ella proporciona la máxima capacidad de crítica y de análisis. La oración no permite falsear la realidad, porque pone ante la Luz, ante la Verdad. Oración que permite beber en las fuentes de la verdad, captar los signos de los tiempos. Ambas cosas son indispensables para tener ojos en esta noche. 
Es la hora del testimonio, de ser ahora los testigos de Cristo, porque apenas merece la pena sobrevivir en la sociedad actual más que para dar testimonio de Él o, como decía el mismo Cristo, para dar testimonio de la verdad.  
Actualmente es tiempo de máxima expectativa: para nosotros porque estamos a la espera de los resultados del desafío a Dios; y también para Él, que está en «vigilia de armas», en vísperas de entrar en acción, como en la Vigilia Pascual que precedió a la salida de Egipto, camino de la liberación, que llegaría después del desierto y sus pruebas, antes de alcanzar la tierra prometida. Dios está preparado para hacer, de nuevo, frente a Egipto, para derribar las torres de Babel (o de papel, es lo mismo), porque «esta es una guerra de Dios» (1 Sam 17,47). 
Es la hora de la fe y de la esperanza inquebrantables en sólo Dios. Sólo Él tiene presente y futuro: el de la eternidad, pero también el de la historia: Él es el viviente, el Alpha y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin, «suyo es el tiempo y la eternidad» (liturgia de la Vigilia Pascual). En realidad, todos los tiempos son suyos. Dice en el Apocalipsis: «El que es va a llegar en seguida» (22,12): «en un momento haré llegar mi victoria, mi brazo gobernará los pueblos; me están esperando las naciones, ponen en Mí su esperanza» (Is 51, 4).  
Porque Él es Aquel que tiene las únicas palabras de vida eterna, el único que puede decir: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Por eso, Él es la «piedra que, aunque desechada por los constructores, llegará a ser la piedra angular» (Hch 4,11). A Él le pertenece la realidad integral: humana y cósmica, según lo que está predicho: «este es el plan trazado desde antiguo: recapitular en Cristo todas las cosas» (Ef 1,10), porque «el designio de Dios es que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1,22), según lo que Él mismo había afirmado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Así pues, «no temáis, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). De Él está escrito: «Él será nuestra Paz» (Ef 2,14); Él es la Verdad y la Esperanza del mundo. Con todos los que le esperan, también nosotros repetimos: «ven, Señor Jesús» (Ap 22,20). 
Contamos también con María, la Mujer cuya planta aplasta la cabeza del dragón y tiene a sus pies la (media) luna (cf Ap 12,1). La Madre que repite de nuevo a su Hijo: ya no les queda vino: se les ha agotado la gracia, la vida, la luz, el amor; han agotado tu Evangelio, y que dice a los hijos: haced lo que Él os diga. María, la gloria de nuestro pueblo «de igual modo que María hizo entrar a Cristo en el mundo la primera vez, Ella prepara el camino para hacerlo triunfar la segunda vez» (san Luis Mª Grignion de Montfort). 
Contamos con las espadas del Apocalipsis: la espada de la boca de Dios con la que peleará contra los heresiarcas (2,16); la gran espada que se dio a los jinetes encargados de sembrar las plagas de Dios sobre la tierra (6,4,8); o la de los jinetes celestes que llevan en sus bocas agudas espadas para herir a las naciones que se oponen al reinado del Verbo (19,15). 
Contamos con las generaciones de creyentes que nos han precedido, aquellos que han repetido: Dios ha sido siempre nuestro orgullo, y lo han servido como seguramente ningún otro pueblo lo ha hecho. Contamos con todos los guerreros de Dios, los de anteayer y los de ayer; con nuestros santos, pequeños o grandes, conocidos o desconocidos; con nuestros místicos, apóstoles y misioneros; con nuestros mártires: ¿quién ha sido tan fecunda en ellos como España? Todos ellos están en pie de guerra por España. Y por si no se hubieran enterado, vamos a despertarlos nosotros.  
Nosotros, tan pequeños y tan pocos, somos en realidad mucho y muchos más de lo que aparentamos. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Como a Israel, también a nosotros se nos dice: «te pondré como un muro frente a ellos, como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo» (Jer 15, 20,21). «Los reyes de la tierra combatirán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14). Dios es siempre «Dios con nosotros». Por eso, «somos los moribundos que están bien vivos» (2 Cor 6,9). 
Alguien ha venido para «reunir el rebaño antes de que oscurezca».
 

De la revista Cristiandad. Agosto 2006

martes, 28 de abril de 2015

CELEBRADAS LAS IV JORNADAS SOBRE HISTORIA DE LA IGLESIA CENTRADAS EN EL CULTO A LA VIRGEN MARÍA 

     Podría comenzar el relato diciendo que el pasado sábado día 25 de abril se llevó a cabo la IV JORNADA DE HISTORIA DE LA IGLESIA organizada por la Preceptoría de España de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo – Militia Templi, centrada en el Culto a la Virgen María, pero prefiero en esta ocasión decir que el pasado 25 de Abril, en el Claustro del Convento de los Carmelitas Descalzos de Toledo, un grupo de fieles católicos nos reunimos para hablar de Nuestra Señora la Virgen María y además de hablar, tuvimos la gran suerte de oír dos excelentes charlas, una de ellas, la primera, impartida por el P. D. Francisco María Fernández Jiménez que nos habló sobre el Culto a la Virgen María en el Magisterio de la Iglesia, y la segunda, impartida por el Superior del Monasterio Cisterciense de Monte Sion en Toledo P. D. Severino Alonso Alonso. 

     Si hay que destacar algo de estas jornadas lo primero que habría que hacer es hablar de las excelentes exposiciones que hicieron los dos ponentes, cercanas, sabiendo transmitir al público que allí se congregó sus conocimientos y el amor que profesan a Nuestra Señora y en segundo lugar, el hecho de congregarnos, tal como mencioné al principio, un grupo de personas que un sábado por la tarde eligen dedicarlo a hablar y a escuchar bellas palabras sobre la Madre de Dios, bellas palabras como las que dedicaba San Bernardo en sus obras a la Virgen María. 

     Jornada inolvidable y muy bonita tanto por a quien se dedicó como por otro lado, sentir que Ella estuviera presente en todos nosotros y se crease el ambiente tan especial que hubo durante todo el evento. Desde aquí, gracias a todos los asistentes y a los dos ponentes.





martes, 14 de abril de 2015


LA PRECEPTORÍA DE ESPAÑA DE LA MILITIA TEMPLI ORGANIZA UNAS CONFERENCIAS SOBRE EL CULTO A NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN MARÍA

Con motivo de la llegada del mes de mayo, el mes dedicado a Nuestra Señora la Vigen María, esta Preceptoría  ha organizado unas conferencias en las que intervendrán el Rev. P. D. FRANCISCO MARÍA FERNANDEZ JIMENEZ, profesor de Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico de San Idelfonso (Toledo) y Padre D. SEVERINO ALONSO ALONSO, Superior del Monasterio Cisterciense de Monte Sion (Toledo), el P. Francisco María impartirá la primera conferencia que versará sobre "El culto a María en el magisterio de la Iglesia" y en segundo lugar intervendrá el Padre Severino Alonso y nos hablará sobre "El culto a la Virgen María en San Bernardo de Claraval". La asistencia es libre no obstante dado el limitado aforo del lugar donde se van a desarrollar, se ruega en la medida de lo posible confirmar la asistencia en el siguiente correo: infomilitiatempli@gmail.com








domingo, 5 de abril de 2015




MENSAJE URBI ET ORBI
DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PASCUA 2015


Queridos hermanos y hermanas
¡Feliz Pascua!
¡Jesucristo ha resucitado!

     El amor ha derrotado al odio, la vida ha vencido a la muerte, la luz ha disipado la oscuridad.

     Jesucristo, por amor a nosotros, se despojó de su gloria divina; se vació de sí mismo, asumió la forma de siervo y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz. Por esto Dios lo ha exaltado y le ha hecho Señor del universo. Jesús es el Señor.

     Con su muerte y resurrección, Jesús muestra a todos la vía de la vida y la felicidad: esta vía es la humildad, que comporta la humillación. Este es el camino que conduce a la gloria. Sólo quien se humilla puede ir hacia los «bienes de allá arriba», a Dios (cf. Col 3,1-4). El orgulloso mira «desde arriba hacia abajo», el humilde, «desde abajo hacia arriba».

    La mañana de Pascua, Pedro y Juan, advertidos por las mujeres, corrieron al sepulcro y lo encontraron abierto y vacío. Entonces, se acercaron y se «inclinaron» para entrar en la tumba. 
  
    Para entrar en el misterio hay que «inclinarse», abajarse. Sólo quien se abaja comprende la glorificación de Jesús y puede seguirlo en su camino.

     El mundo propone imponerse a toda costa, competir, hacerse valer... Pero los cristianos, por la gracia de Cristo muerto y resucitado, son los brotes de otra humanidad, en la cual tratamos de vivir al servicio de los demás, de no ser altivos, sino disponibles y respetuosos.

     Esto no es debilidad, sino auténtica fuerza. Quién lleva en sí el poder de Dios, de su amor y su justicia, no necesita usar violencia, sino que habla y actúa con la fuerza de la verdad, de la belleza y del amor.

     Imploremos hoy al Señor resucitado la gracia de no ceder al orgullo que fomenta la violencia y las guerras, sino que tengamos el valor humilde del perdón y de la paz. Pedimos a Jesús victorioso que alivie el sufrimiento de tantos hermanos nuestros perseguidos a causa de su nombre, así como de todos los que padecen injustamente las consecuencias de los conflictos y las violencias que se están produciendo, y que son tantas.
     Roguemos ante todo por la amada Siria e Irak, para que cese el fragor de las armas y se restablezca una buena convivencia entre los diferentes grupos que conforman estos amados países. Que la comunidad internacional no permanezca inerte ante la inmensa tragedia humanitaria dentro de estos países y el drama de tantos refugiados.
     Imploremos la paz para todos los habitantes de Tierra Santa. Que crezca entre israelíes y palestinos la cultura del encuentro y se reanude el proceso de paz, para poner fin a años de sufrimientos y divisiones.
     Pidamos la paz para Libia, para que se acabe con el absurdo derramamiento de sangre por el que está pasando, así como toda bárbara violencia, y para que cuantos se preocupan por el destino del país se esfuercen en favorecer la reconciliación y edificar una sociedad fraterna que respete la dignidad de la persona. Y esperemos que también en Yemen prevalezca una voluntad común de pacificación, por el bien de toda la población.
Al mismo tiempo, encomendemos con esperanza al Señor, que es tan misericordioso, el acuerdo alcanzado en estos días en Lausana, para que sea un paso definitivo hacia un mundo más seguro y fraterno.

Supliquemos al Señor resucitado el don de la paz en Nigeria, Sudán del Sur y diversas regiones del Sudán y de la República Democrática del Congo. Que todas las personas de buena voluntad eleven una oración incesante por aquellos que perdieron su vida asesinados el pasado jueves en la Universidad de Garissa, en Kenia, por los que han sido secuestrados, los que han tenido que abandonar sus hogares y sus seres queridos.

     Que la resurrección del Señor haga llegar la luz a la amada Ucrania, especialmente a los que han sufrido la violencia del conflicto de los últimos meses. Que el país reencuentre la paz y la esperanza gracias al compromiso de todas las partes implicadas.

     Pidamos paz y libertad para tantos hombres y mujeres sometidos a nuevas y antiguas formas de esclavitud por parte de personas y organizaciones criminales. Paz y libertad para las víctimas de los traficantes de droga, muchas veces aliados con los poderes que deberían defender la paz y la armonía en la familia humana. E imploremos la paz para este mundo sometido a los traficantes de armas, que se enriquecen con la sangre de hombres y mujeres.

     Y que a los marginados, los presos, los pobres y los emigrantes, tan a menudo rechazados, maltratados y desechados; a los enfermos y los que sufren; a los niños, especialmente aquellos sometidos a la violencia; a cuantos hoy están de luto; y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, llegue la voz consoladora y curativa del Señor Jesús: «Paz a vosotros» (Lc 24,36). «No temáis, he resucitado y siempre estaré con vosotros» (cf. Misal Romano, Antífona de entrada del día de Pascua).


FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN

CRISTO HA RESUCITADO


sábado, 4 de abril de 2015


Semana Santa en Puerto Rico







 Nuestro hermano Edgardo de Puerto Rico, nos envía estas bonitas fotos correspondiente a la Procesión de la Soledad en el Viejo San Juan.